jueves, 27 de marzo de 2008

partiendo de 0

En un afán de ser esquemáticos pudiéramos afirmar que nuestra revolución, en sus tres grandes etapas; la de 1810, la de 1854 y la de 1910, descansa sobre los hombros de tres grandes líderes. Hidalgo, como paladín de nuestra libertad política.
Juárez, como Padre de nuestra libertad espiritual, y Madero, como iniciador de nuestra libertad económica.
Hace más de 150 años Juárez, recoge de Cuauhtémoc, la herencia espiritual de nuestra raza y prolonga con su símbolo las aspiraciones de nuestra nacionalidad. Juárez vive la revolución de su pueblo y la vive sintiéndola como parte de su propia existencia; Juárez no vive en la revolución como Iturbide, el cinturita acomodaticio y licencioso, que debe a la casualidad y a la intervención de la güera Rodríguez, el poder ser mencionado como un factor importante en nuestra independencia; ni vive contra la revolución como Santa Ana, el absurdo y contradictorio vende-patrias; sino que Juárez siente la revolución y se siente como una parte de su todo; olvida sus dimensiones personales para adoptar las de la causa a la cual sirve, por eso es tan grande su personalidad; porque no es él, no es la persona de Juárez, sino el espíritu de la revolución que en él encarna, quien se eleva y transporta sobre un régimen social dominado por el espíritu conservador, para amasar los principios vibrantes de nuestra democracia. Es que Juárez es un revolucionario auténtico, su pensamiento no se adapta al análisis de las exigencias del presente, sus ojos parecen adaptados para percibir sincréticamente el futuro de su pueblo; su pensamiento parece tener la facultad de “pensar las fórmulas sociales de un siglo que no fue el suyo”, por eso sus reformas no están aún cumplidas, por eso su cerebro engendró pensamientos que ahora, en nuestro siglo, asustan a los espíritus timoratos y conservadores. Pero sobre todas las cosas, de Juárez nos queda como herencia su inquebrantable rectitud y su gran sentido humano de lo justo, estas directrices forman la ecuación de su vida y lo convierten hoy día, no sólo en un símbolo, sino en el modelo espiritual y la más elevada meta de nuestra ciudadanía. Otra condición que nos da crédito para señalar a Juárez como prototipo de revolucionario es su “concepto del poder”, para él el poder en sus manos no representa la ambición, para el placer de subyugar o de someter; no se da en él el poder como fin, el poder por el poder mismo; en él el poder se transforma en un medio, medio de hacer, medio de lograr, de plasmar y cristalizar. El poder de la Ley, el poder de la justicia, el poder de la razón, de la honradez, de la bondad, de la protección a los humildes. Así lo sentía Juárez cuando expresó en la carta que redactó, más para la posteridad que para Maximiliano, desde Monterrey el 28 de mayo de 1864; “Es cierto, Señor, que la historia contemporánea registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos y sus grandes promesas; que han faltado a su propio partido y a sus antecedentes y a todo lo que hay de sagrado para el hombre honrado; que en esta traición, el traidor ha sido guiado por una ambición de mando y un vil deseo de satisfacer sus propias pasiones y aún sus mismos vicios; pero el encargado actualmente de la Presidencia de la República, salido de las masas del pueblo, sucumbirá cumpliendo con su juramento, correspondiendo a las esperanzas de la nación que preside y satisfaciendo las aspiraciones de su conciencia.
Es dado al hombre, señor, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de sus vicios propios una virtud. Pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad y es “EL FALLO TREMENDO DE LA HISTORIA. ELLA NOS JUZGARA”.

Fuente: RIGOBERTO CASTILLO MÍRELES.

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